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CARTA DE UNA EXEMPLEADA DE BARCLAYS A SU CEO

“Ya te lo dije, Jenkins”: una historia de sinrazones y sinvergüenzas en Barclays

Artículo publicado por Carlos Hernanz en elconfidencial.com

INICIO DE SUS LABORES EN BARCLAYS

Dentro de un par de meses cumpliré 59 años. Habrán pasado 42 desde que aterricé por vez primera como “botones femenina” en una entidad bancaria española. En realidad fue algo fortuito, ya que en realidad quería ser piloto de aviación comercial, pero entonces las mujeres no luchaban por acceder a una profesión de semejante altura y mi padre prefería apoyar cualquier otro sueño, por lo que acabé compaginando mis estudios de Derecho con un trabajo que en principio sólo duraría los tres meses de aquel verano.

PRIMER ASCENSO DENTRO DE BARCLAYS

Por fortuna, a mis 17 años hablaba cuatro idiomas y el banco en cuestión decidió que “tenía potencial”, por lo que una vez pasado el período estival me propusieron quedarme con un contrato fijo para trabajar en el Departamento de Extranjero… por aquello de mi don de lenguas. Los primeros diez años pasaron en un suspiro, aunque tuve oportunidad de seguir estudiando y formarme como técnico en comercio exterior. Definitivamente, fui feliz volando entre papeles.

Todo esto, querido Jenkins, ya te lo dije en la primera carta que te escribí.

LOS INICIOS DE BARCLAYS EN ESPAÑA

Una mañana cualquiera me llamaron desde otro banco. Era una entidad extranjera que había llegado a España adquiriendo otra entidad local en dificultades, pues ese era el único modo que tenían los guiris para instalarse en nuestro país. El banco en cuestión se llamaba Barclays y me propuso entrevistarme con ellos. Podía ser interesante para mí. A mis 27 años seguía soñando con nuevos horizontes. El responsable de recursos humanos captó a la primera lo de mis sueños (trabajar en distintos países y en distintos idiomas) y caí rendida a sus argumentos. Un mes después ya formaba parte de la plantilla de un banco extranjero que se abría camino en España.

TRABAJANDO A DESTAJO EN BARCLAYS

Y así transcurrieron otros 27 años, trabajando hasta 14 horas diarias, rodeada de gente magnífica en general, disfrutando de mi trabajo y aprendiendo cada día. Y siempre con una frase presente en mi cabeza que jamás olvidé y que formaba parte de la colección de consejos de mi padre: “Recuerda siempre que el sueldo no te lo paga el banco, son los clientes quienes lo hacen”. Y eso era lo importante: el cliente.
Todo esto, también te lo dije, Jenkins.

LOS PRINCIPIOS, LOS VALORES Y BARCLAYS

Hasta que llegaron la sinrazón y los sinvergüenzas. Verás, Jenkins. En mi casa me inculcaron desde pequeña una escala de valores que ahora, a la vista de tanta podredumbre de todo tipo, a más de uno le sonará a chino. Es muy sencilla y básicamente tiene un pilar: la honestidad, un concepto integral que impide serlo en unas circunstancias y no en otras.

Esto, también te lo dije… Jenkins.

Esta forma de entender mi trabajo hacía que siguiera con rigor extremo los protocolos de conocimiento del cliente, la normativa exhaustiva para evitar riesgos reputacionales, toda la parafernalia de normas para mantener intacto el buen nombre de la marca y el absoluto respeto hacia los clientes. Y al mismo tiempo, ponía toda la carne en el asador. Trabajaba con mi equipo con ilusión, creyendo a pies juntillas que no éramos un banco de productos a colocar, sino un banco de clientes satisfechos. Recuerdo cómo año tras año se recibían felicitaciones desde Londres, maravillados por el crecimiento en beneficios propio de un país emergente.

El banco azul… como los cielos que nunca navegué.

Pero llegaron las sinrazones y los sinvergüenzas, que vosotros mismos ascendisteis y elevasteis a los altares desde Londres. De su mano llegó también la codicia de sus aspiraciones, imponiendo un cambio de modelo que estaba enfocado a generar cifras artificiales, aunque muy epatantes, con las que ilustrar los floreados powerpoints que paseaban por la City.

La sinrazón y los sinvergüenzas… esto también te lo dije hace cuatro años, Jenkins.

VENDER EN BARCLAYS SIN PRINCIPIOS, como podrás leer en este enlace

Y así llegaron las presiones para dejar de ser una banca de clientes, al más puro estilo de “hay que venderlo todo señor”. Y una cosa llevó a la otra, a la falta de criterio, a la falta de honestidad y de escrúpulos, a pillar parte del pastel envenenado de la burbuja inmobiliaria de este país. En definitiva, la sinrazón y los sinvergüenzas.
Los primeros que nos negamos fuimos directamente “invitados” a marcharnos con un despido improcedente bajo el brazo. Según los brillantes directivos que vosotros designasteis para llevar el timón en España, algunos estábamos mayores para adaptarnos al nuevo modelo. Yo tenía 54 años, tenía a mi cargo a un equipo de 80 personas y a miles de clientes, extranjeros en su mayoría, jubilados como los jubilados que en este país han sufrido el expolio de las preferentes, y también tenía la inmensa fortuna de mantener algo lo que carecen los sinvergüenzas: mi escala de valores, intacta.

Parece que me repito, Jenkins, pero esto, también te lo dije.

Y no, por más que me lo exigiesen no modifiqué las evaluaciones sobre mi equipo para cumplir una campana de Gauss según la cual, como me instruyó el niñato de turno que pusisteis al mando, tenía que designar un 30% de personas incapaces. Así, por bemoles. Tampoco me dio la gana vender estructuras imposibles a todo el que pisara las oficinas, abusando de la confianza que mis clientes habían depositado en mi equipo y en mí. Y como yo, muchos otros se negaron a tanta sinrazón y a tanto… sinvergüenza.

Por más que me repita, Jenkins, esto también te lo conté.

Recuerdo el día que te escribí mi primera carta. Jamás pensé que un tipo tan ocupado llegaría siquiera a acusar recibo de la misma. Entonces tú todavía no eras quien dirigía los destinos del banco. Eras el responsable de banca minorista para Europa y prácticamente ese mismo año pasaste a ser el máximo responsable de Barclays tras la salida de Bob Diamond.

Titulé la carta de forma curiosa con la esperanza de que llamase tu atención: “Puedo tomarme un café con Vd., Mr. Jenkins?”. Reivindicaba con suavidad el hecho de que si yo le había dedicado a la entidad media vida, tal vez la entidad, a través de ti, podía dedicarme media hora para compartir un café y muchas inquietudes que me quedaban en el alma, que consistían en mi preocupación por mi equipo y por mis clientes. Cuando terminé de traducirla al inglés, no te negaré que sentí un cierto alivio, como quien hace todo lo que puede, y se me escaparon varios lagrimones.

Esto último, lo de los lagrimones, no te lo había dicho, Jenkins.

Y me contestaste. Me concediste una cita en un hotel de Madrid con un integrante destacado de tu equipo, que a su vez fue acompañado con otra persona más, encargada de apuntar en una libretita todo aquello que fui contando sin pausa, por aquello de respetar la media hora disponible.

¿Ves cómo te lo dije, Jenkins?

Por eso, y aunque hayan pasado cuatro años y yo haya seguido escribiéndote tres cartas más, como verás, me vuelvo a dirigir a ti, Jenkins. Te doy mi palabra que ésta es la última vez que lo hago.

Sinceramente, creo que el “non core” eres tú. Tal vez hayas podido obtener una tregua de tus accionistas, pero sabes igual que yo que sólo es una tregua y me atrevo a afirmar que has ganado esta batalla, pero no ganarás esta guerra, Jenkins.

No sé mucho de contiendas, pero de lo que estoy segura es que ningún estratega que se precie dispara contra sus propios soldados ni contra sus fuentes de abastecimiento, y tú lo has hecho disparando contra la plantilla y contra tus clientes, que ahora por lo visto ya no se llaman clientes sino “non core” business.

Yo te lo dije, Jenkins, y como yo, te lo dijimos muchos.

Por eso, y con todos mis respetos y sin ningún tipo de animadversión, el que único “no estratégico” eres tú, porque una vez más te pueden las soluciones frontales. Lo tuyo no es un fallo de comunicación. Todo parece deliberadamente orquestado para “lanzar a los leones” de los posibles compradores lo que tú has denominado “no estratégico”. Un mensaje muy contundente: nos vamos. A cambio de que la operación te salga más rentable, sacrificas tus mejores activos, Jenkins, a empleados y clientes. Y ninguno de ellos olvidará. Como dicen los chinos, amigo Jenkins, que los dioses te devuelvan, multiplicado por diez, lo que estés haciendo a otros; lo bueno y… lo malo.

La loba azul

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